Es navidad y el sentimiento de paz y amor se va apoderando de las relaciones. Sentir es lo más intenso de la vida porque precisamente el sentimiento es el catalizador de nuestra vibración vital.
Sentimos al ver una buena película, se altera nuestro corazón con una buena canción, nos emocionamos con los seres queridos, sonreímos con los amigos, amamos a nuestro hijos, nos arrebata la pasión por nuestra pareja, vibramos con un golazo, se nos ponen los pelos de punta cuando triunfa nuestra nación, ahogamos las sensaciones en drogas o evasiones cuando no podemos soportar su peso, lloramos ante la perdida, tenemos nostalgia del pasado, añoramos el futuro… Sentir intensamente es estar vivo, porque si no nos sentimos y sentimos a los demás, estamos muertos. De aquí viene la idea de zombi (muerto viviente).
Necesitamos sentir, aunque sea desprecio e insultos, porque lo contrario del amor no es el odio sino la indiferencia, y se suele elegir el golpe a la soledad.
El buen sentir también tiene sus substitutos, el poder, el prestigio, la lujuria, el farol, el tener, el consumir… pero como sucedáneos que son se alejan bastante de la fragancia de las emociones verdaderas.
Pero cuando el sentimiento nos desborda viene el problema, porque es capaz de arrasar nuestro ser, hinchando nuestras venas, descompasando nuestro corazón, tensando nuestro vientre, acelerando nuestra respiración, enervando nuestras manos… abocándonos a la rabia, a la melancolía, a la depresión.
Por todo esto la emoción tiene que pastar a sus anchas por el prado de la vida, pero nunca sola, la soledad es una excepción de la existencia como el sueño. Siempre tiene que ir acompañado el sentir por la razón y en este matrimonio de amor, entre sentimiento y sabiduría, nacerá un tierno retoño llamado felicidad, que no es solo el fin, sino el principio y el proceso.
sábado, 16 de enero de 2010
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