Viendo un documental sobre la vida de Mohandas Gandhi, a quien se le conoce con el sobrenombre de Mahatma (la palabra mahatma significa gran alma y proviene de las formas del sánscrito maha, gran, y atma, alma), me ha llamado la atención la sensación de fracaso en toda su vida. Gandhi frustró su carrera como abogado en Inglaterra. Se fue a Sudáfrica, donde no consiguió gran cosa en la lucha por la igualdad de los indios que vivían en el país sudafricano. Se marchó a India para liberarla de la opresión inglesa, colonia considerada como la Joya de la Corona del imperio británico. Creyendo que Dios le proveería de todo lo necesario se esforzó grandemente, pues el esfuerzo consciente y eficaz consideraba que era la forma de triunfar, pero murió creyéndose fracasado e incapaz de que sus hermanos convivieran en paz. Los enfrentamientos entre hindúes y musulmanes provocaron más de 500.000 muertos, en un contencioso que todavía no está resuelto, especialmente en la disputada región de Cachemira. Pero visto desde fuera no podemos decir que Mahatma Gandhi fracasó, pues no sólo rompió la estructura de opresión del colonialismo sino que sembró una semilla de no violencia, que sigue germinando hoy en día. Y sigue siendo una figura referente. Viendo la trayectoria vital de Gandhi, siguiendo sus pasos, pienso que en nuestra vida ningún esfuerzo, obra o acción buenaquedará sin fruto, porque cualquier acto de amor hacia los demás producirá una reacción que se expandirá en el espacio y en el tiempo, cambiando corazones y creando ambientes justos.
La constancia en ir transformando nuestras vidas, educar con amor a nuestros hijos, llevar a cabo con esmero nuestras tareas, desarrollar nuestra vocación y colaborar en la lucha por la justicia en la sociedad no cae en saco roto, y aunque seamos imperfectos no hemos fracasado, como tampoco fracasó el apóstol de la no violencia, el Mahatma Gandhi.
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